El origen de la tradizione

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Nonno Mario

En un pequeño pueblo del norte de Italia, llamado Francavilla Bisio un día 19 de junio de 1922 nace Mario Repetto Fasciolo, hijo de Agustín y Luigina.  Agustín, que había trabajado amasando pan durante la primera guerra mundial, al ver a su hijo pequeño comenzó a pensar en el futuro que le podría dar en Italia, intuía que allí seguirían siempre con problemas bélicos y él quería algo mejor para su familia. Junto a su mujer, ahorraron dinero durante 5 años, para cumplir el sueño de ir a América y emprender una aventura. Soñaban con formar una gran familia, en un lugar donde pudieran progresar sin guerras. Abordaron un barco a vapor que demoraba casi dos meses en llegar a Valparaíso, donde su hermano, Ángel, que había viajado con anterioridad los esperaría en el puerto.

Se establecieron con un almacén, venta de comestibles, en calle Eleuterio Ramírez, en la comuna de Santiago. Luigina embarazada de su segundo hijo, sin saber una gota del idioma, pero con mucho optimismo y buen humor solía conversar con sus vecinos y clientes. En el barrio los vecinos la conocieron y llegaron a querer mucho, especialmente por su acento tan particular y su poca habilidad para pronunciar la letra “j”, que generalmente se escuchaba como una “c”  lo que hacía algunas palabras graciosas para los que conversaban con ella, por ejemplo, cuando le pedían cajas de mercadería.  Ella en forma graciosa repetía la palabra cajita inocentemente al principio, pero después aprovechaba la instancia para reír junto a sus conocidos.

Agustín que se veía muy tranquilo, las personas una vez que ya lo conocían, siempre le pedían que les contara sus historias de la época de la guerra y chistes que Luigina se encargaba de recordar.

Mario creció en ese barrio siendo el mayor de cuatro hermanos, Franco, Juan y Ana María. Amante del deporte, desde su juventud, practicó fútbol y bochas en el Stadio italiano. A los 85 años aún jugaba bochas con su grupo de amigos.

En 1949 conoce a Inés Barbieri y se enamora perdidamente de ella. Desde el día en que la conoció no hubo día en que su primer pensamiento a despertar fuese ella…. Al menos eso decía. Se casaron en 1951 y permanecieron felices junto a sus tres hijas. En las buenas y en las malas por más de 60 años.

En 1951 Mario tenía junto a un socio una sastrería. Mario atendía a los clientes y cortaba los trajes. De vuelta de su luna de miel, el socio había desaparecido dejando un montón de deudas a nombre de él. Debía pensar en otro negocio que le ayudara a salir a flote con su sastrería.

Junto a Inés, pusieron un almacén. Algo de experiencia en esto ya tenía, pues creció junto a sus padres en un negocio de este tipo.  Al cabo de un tiempo, Inés quedó embarazada. Mario decidió continuar pagando las deudas de su sastrería sólo con los ingresos del almacén, ya que solo no daba abasto para los dos negocios. Y así, salió a flote. “¡de tanto patalear la rana que cayó al balde de leche, formó mantequilla y no se ahogó!” Fue organizado en sus compras. Inés tenía buena intuición de lo que las personas del barrio necesitaban o querían comprar. Esa dupla permitió que el negocio de Don Mario fuera uno de los más concurridos en el barrio.

Al cabo de un tiempo, pensó en instalar una ferretería. De este modo Inés y sus tres hijas podrían permanecer más en casa y los productos de venta tenían duración indefinida. Instaló una ferretería al lado del almacén. En 1965, la ferretería de don Mario (que siempre se llamó FERRETERIA LOS GUINDOS y en la actualidad es de su nieto Alejandro) comenzó a ser el lugar más importante donde ir de compras para arreglar la casa en el barrio de Egaña. Entonces cerró el almacén y se quedó sólo con un negocio.  Hasta el día de hoy buscan a Don Mario en esa ferretería. Mario tenía habilidad social con casi todo el mundo, excepto con los pololos de sus hijas.

Mario contaba estas historias y muchas más.

Mario junto a su mujer Inés y sus tres hijas Lina, Gina e Inés disfrutaron de una vida de trabajo en conjunto. La familia siempre trabajó unida (hasta el día de hoy).  Los domingos comenzaban con música orquestada en el hogar, cada uno tenía su especial participación para preparar el almuerzo familiar con dedicación y entusiasmo para disfrutarlo en familia. La familia fue creciendo. Comenzaron a compartir sus experiencias con sus nietos. Dos de sus nietos Enrique y Juan Pablo apreciaban el antipasto preparado por su nonno, las salsas y mayonesas eran indispensables en el aperitivo. La calidad de las verduras, aceites y cecinas al momento de preparar era cuidadosamente seleccionada al igual que el vino o el espumante elegido.

Fue amante de la buena mesa. Siempre sentado en la cabecera, no quería migas de pan en la mesa. Le gustaba el antipasto con jamón prosciutto, salami cacciatori y en vez de postre comía queso stracchino  o stracchino verde. El tomate debía estar finamente cortado al igual que el salami. La carne finamente cortada, fría y con un bagnetto verde o una buena mayonesa encima. La mayonesa debía estar cuidadosamente preparada en casa, hecha a mano. Una buena previa mesa y sobre mesa era lo que a él le gustaba, buena presentación para degustar tranquilamente una deliciosa comida y un buen vino cuidadosamente escogido. Detalle para disfrutar lo mejor en un buen ambiente familiar.

Fue un emprendedor, un amante de preparar una mesa exquisita y disfrutarla en familia.

Queremos expandir la simpatía y alegría de Luigina con sus clientes, el espíritu innovador de Inés, el gusto de la buena mesa familiar de Mario junto con su espíritu emprendedor y el reconocimiento de sus nietos Enrique y Juan Pablo, plasmado hoy en un aderezo saludable llamado por nosotros maionese Signore Mario.

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